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martes, 19 de marzo de 2013

Líquidos no miscibles

Me repartí el domingo, musicalmente hablando, entre dos tipos de lo más diferente y de lo más interesante a la vez. John Powel y Ron Sexsmith. Curiosamente nacidos en un intervalo de tiempo bien reducido (del 63 el primero, del 64 el segundo) aunque separados por varios cientos de kilómetros de distancia (las islas británicas y Canadá).

Powell es un compositor de música para películas. Esto, así dicho, puede resultar de un pedante que tira de espaldas, pero si echamos un vistazo a los filmes a los que ha dedicado su talento nos encontramos con algunas de las grandes joyas de la animación moderna, desde Ice Age a AntZ, pasando por Shrek o Kung-Fu Panda (por no contar sus intervenciones en pelis de acción). Un tipo con unos temas atrayentes y optimistas. Con el deje necesario e imprescindible de las sintonías de la épica de la gran pantalla.

Sexsmith es un cantautor canadiense, como diría yo.... diferente. O eso me parece a mí. No tenía oído nada de él y por recomendaciones acabé en el Forever Endeavour. Y caí enganchado. Por todo en general y por nada en particular. Estaba trabajando y me lo puse de fondo. Cuando hago esto la mayoría de las veces el ensimismamiento en la tarea me abstrae del contenido de lo que escucho. Sin embargo no fue el caso esta vez. En cada tema tenía que levantar los ojos y cazar la melodía. Leer el título del corte. Dejarme un rato en él.

Y me gustó que esto sucediera con el primero, con el segundo, con el tercero de los temas... Es un trabajo delicioso. Hasta el punto que decidí no parar de trabajar para escucharlo y dedicarle, a él sólo, un mejor momento. Más adelante.
Por supuesto que lo acabé. Hasta la última nota. Pero sabedor de que lo tengo envuelto en papel secante metido entre las páginas del tomo de la S de la Espasa.

Como en esto de los gustos no hay nada escrito, dejo aquí para las almas temerosas el enlace al trabajo en Spotify. Para asegurar la inversión ahora que las cosas vienen como vienen.

Como ya comenté hace unas semanas nuevas responsabilidades me limitan el tiempo dedicado al blog, pero dejarlo no entra aún entre mis objetivos. Buscar el modelo de supervivencia me hace mirar nuevas fórmulas de escritura. Desde reducir el contenido a reseñas como la de hoy a elaborar los post en diferentes sesiones durante varios días. Posiblemente la combinación de ambas me lleve a algún sitio. De momento iré salvando los muebles como vaya pudiendo.
Con la ayuda de Ron, claro.

Cosas buenas a tod@s.

domingo, 17 de febrero de 2013

Canciones raras

Decía el protagonista del post de hoy: Yo no sabía que hacía canciones raras hasta que me lo dijeron.
Y, a estas alturas de la película, no puedo evitar la sonrisa al escucharle. Porque justamente eso fue lo primero que pensé acerca de su música cuando me la presentaron.
Luego pasé un tiempo intenso machacándola. Aproximadamente toda la primera mitad de los 90.
Se llama Silvio Rodríguez, es una piedra de base de la Nueva Troba Cubana y es, por encima de otras cosas y básicamente, cantautor.

Hace un tiempo mencioné a Pablo Milanés por culpa de uno de sus temas, Para Vivir, una canción cruda pero directa. Si la música de Pablo me acerca más a la imagen, la de Silvio me trae más a la literatura, a la abstracción y a la libre interpretación que la de aquel. Y hoy me apetecía traerle al blog a raíz de un pequeño documento cubano que encontré en youtube y que dejaré enlazado al pie de estas líneas.

Si no conoces a Silvio y le escuchas por primera vez posiblemente te pase lo que suele ocurrir con gente como Neil Young. Su voz aguda, su melismática forma de cantar, puede que te distraiga. Hay que reposarlo. Dejar que pasen un disco tras otro sus diferentes temáticas. Romper ese muro que a menudo encontramos desde este lado del Atlántico para comprender sin caricaturizar las músicas del otro lado. Por sus sones antiguos, por su simplicidad instrumental, por sus letras. Pasa cuando intentamos traducir un rock'n'roll de los 50 y pasa cuando, sin traducción, atacamos un tema cubano, nicaraguense, chileno (lo que me recuerda que tengo otra entrada en el "debe" del blog).

Roto ese prejuicio, digerida esa sonoridad y esa lírica, aparece entonces al autor sensible (que no cursi), el letrista fantasioso, más sofisticado de lo que a primera vista parece. Un constructor de melodías especiales. Cuando una canción de Silvio logra encontrar el camino desarrolla un juego irrepetible.

Y hoy quería traer el blog uno de sus temas. No el más conocido, ni el más complicado. No es ni su mejor melodía ni su letra más conseguida, pero, veréis, a veces las cosas tienen que encajar de forma que te hagan volver la vista hacia un sitio determinado. Las razones son infinitas. Un vacío, una crisis, un viaje sin vuelta atrás... o una causa más inevitable, mundana y desconcertante, caer enamorado.

Me quedan muchos caminos por andar. Éste no. Este lo pisé hasta que pude. Y no me da la gana de sacudirme del todo el polvo de las botas.

Cosas buenas a tod@s.



Documental: Que levante la mano la guitarra.
Parte 1
Parte 2
Parte 3
Parte 4

lunes, 22 de octubre de 2012

Recomendado por las letras

Me vinieron hace ya unos años a recomendarme a este tipo y me dijeron: "te tiene que gustar, con lo que tienes por las letras, así, en castellano, seguro que te encanta". Y me dejaron un CD quemado sobre la mesa de la oficina que contenía un grupo mezclado de canciones. Sobre su superficie, escrito con un rotulador de esos indeleble (sniff, Peter Sellers): Sr. Chinarro.

Así que, qué podía hacer? pues escucharlo, obviamente. Y me gustó. No apuntaba mal mi amiga. Luego le fui haciendo un pequeño hueco en el poco tiempo que la vida me deja para la cosa esta de la música. Y conocí algún trabajo suyo más. Poco, siempre es poco. Me quedan más por conocer de los que conozco, pero al menos tengo detalles de sus dos grandes etapas, aquella primera y mágica con Acuarela y la segunda (y contemporánea) con Mushroom Pillow.

Se llama Antonio Luque, y es uno de los puntales de la música independiente española. Ya nadie duda de que es un clásico en vida, una institución con su propuesta desnuda, honesta y magnética (por atrayente).
Sevillano de esos que me intrigan, como me intrigan los Maga, como me intriga esa bala que tengo en la recámara que es Julio de la Rosa. La cara oculta (no tanto) de Sevilla, que se reivindica como gran urbe con este tipo de presencias poliédricas, necesitadas en ocasiones de exégetas en territorio propio, que en ajeno ya son entendidos.

Más tarde, cuando pude identificar los temas, supe que tenía en mis manos una recopilación formada básicamente por cortes de dos de sus trabajos finales en Acuarela: Cobre cuanto antes (2002) y El ventrílocuo de sí mismo (2003). Para entonces el sonido Chinarro ya estaba mezclado con parte de mi materia gris y no necesitaba de biografías ni nuevas escuchas para identificarlo. Como los grupos de antes. Qué secreto placer encontrarme a estas alturas con este tipo de plantas de hoja perenne aún creciendo y no simplemente fotografiadas en sepia con cara de susto y fingida soberbia.

Hoy me apetecía uno de esos temas. Me crucé con algo y me lo trajo a la cabeza. Para disfrutar una vez más del realismo mágico de unas historias fractales que saltan de imagen en imagen hasta desorientarte, ensimismándose en la rima sin pretender seguir un hilo conductor determinado. Un tema como otro cualquiera, La piña conseguida. Exquisito.

Cosas buenas a tod@s.


domingo, 7 de octubre de 2012

Music Tartar

Hay cosas que si se cocinan más allá de lo mínimo se estropean, pierden sus jugos naturales, y se transforman en suelas de zapatos dignas de los más analfabetos paladares.
Algunas materias primas guardan en sí mismas el sabor y el cuerpo necesarios para sofocar los deseos más exigentes. Cada minuto dedicado en manipularlas peca y araña la superficie que nos brindan.

Esta canción que hoy traigo al post es un ejemplo sublime de ello.
Pocas, como ella, puede expresar de forma tan sencilla y tan directa una realidad tan abrumadoramente cruel e indecfetible. Decía Serrat "nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio". No estoy de acuerdo con él en la primera mitad. En la segunda no puedo hacer otra cosa que quitarme el sombrero.

La canción se llama Para Vivir.
Se la debemos a un mago de las palabras y las melodías que se llama Pablo Milanés. Seguramente, con Silvio, el cantautor cubano más conocido a nivel mundial. A Milanés llegué tarde y por un camino extraño, una versión de Yolanda que se extendió mucho entre la gente de mi generación y que firmaron esos malagueños insustituibles que son Danza Invisible. Luego me lo encontré en mil sitios más. Como ese detalle que sin conocerlo pasa desapercibido pero que una vez identificado se repite donde ni siquiera te lo podías esperar.

Fue a través de Aute que me fijé por vez primera en esta canción. Y, qué canción!. Qué forma de cantar a la desesperanza del desamor sin mezclar el romanticismo de por medio. Como en un neorealismo de Antonioni. Una fotografía en blanco y negro de la cruda realidad. Sin paños calientes, sin atardeceres y sin paseos otoñales solitarios alfombrados de hojas secas. Dos más dos, cuatro. El miedo y la incerteza, el choque inesquivable de dos partes que no se encuentran. El drama del problema cotidiano, el de la cocina, el de los dos lados de la cama, con las letras del coche por pagar y el ruido de descarga de cisterna como banda sonora al acostarse. El flash momentáneo que deslumbra con el "y esto era todo?" propio, o el "así son las cosas" ajeno.

The Clash anunciaba el apocalipsis nuclear con London Calling, Pablo Milanés anunciaba el apocalipsis conyugal con Para Vivir. Ambos dan miedo.

Cosas buenas a tod@s.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Pla

Albert Pla es un tipo singular. Llegó a mis orejas hace años ya, por otro catalán que, como yo, había vuelto de regreso a Granada (cientos fuimos) por avatares y decisiones familiares varias. En aquella época entró en mi imaginario musical con la Carta al Rey Melchor y con Joaquín el Necio, pero estos temas pertenecen a su tercer trabajo, aquel No sólo de rumba vive el hombre que publicara en el 92.

Hoy me trae un trabajo anterior, su primero en concreto, un disco llamado Ho sento molt que se editó en el 90.

Para empezar es un trabajo en catalán. El catalán no es un idioma complicado si se conoce un idioma latino previamente. Cualquier hablante de castellano e italiano, incluso de francés o portugués, no tardaría más de un par de meses de estancia e inmersión para comprenderlo y quizás un año para poder comenzar a chapurrearlo con cierta soltura. Por esto, seguir una canción en catalán para un latino no es tarea hercúlea ni elitista. Más bien al contrario. De esta forma (en proceso de inmersión) me llegó el tema que traigo hoy al post, un corte llamado Vida d'un gat. No hay que trabajarlo mucho, pero como son curiosos los detalles, dejo la letra al pie del post.

Quien no conozca la forma de composición y de interpretación de Albert Pla seguramente se quedará con la mosca detrás de la oreja tras su escucha. Dudando entre si se está quedando con uno, si realmente está interpretando como cree que es la mejor forma que sabe, o si directamente está transformando la interpretación en un forzado estado de ridículo con que hacer pensar al receptor. Yo creo que hay un poco de todo. Creo que Pla, que me huele que de tonto no tiene un pelo, lleva la interpretación un paso más allá de la mera ejecución de una melodía y la comunicación del relato. Abre la dimensión del juicio del oyente y destapa su faceta crítica incluso en aquellos que ignoraban que la tenían. Eso me gusta, y eso lo sabe hacer muy bien el de Sabadell.

Además los toques de humor y de imaginación de sus letras generan historias cotidianas mediante fábulas aparentemente inocentes, como la de este pobre animal aquejado de mil desgracias y al que le queda, valiente valor, recordar que tiene más vidas para ir afrontando más desgracias. No es más feliz el que más tiene.

Sobretodo a aquellos que no le conozcáis, un tipo interesante.

Cosas buenas a tod@s.




El seu pare era un vell gat gordo i coix
i sa mare una gata de carrer
i ell va néixer una nit sota la pluja
però sa mare morí al part
i el seu pare d'un infart
i va quedar abandonat pel mig dels prats
moriria de gana moriria congelat
però sort que era un gat i tenia set vides
no tenia ni pares ni un amic
ni un padrí de família que el cuidés
i així solitari justet amb uns dies de vida
va arrossegar el cos per un camí per la ciutat
però va ser en creuar una carretera
que un camió va i l'atropella en un pas zebra
però sort que era un gat i tenia set vides
i va sentir-se deprimit dèbil agobiat
tan esclafat sota el camió
veia que no podia que no podia respirar
però per res la vida no volia deixar

ferit i amb la por a la mort
va seguir una nena i la nena el va agafar
va acollir-lo en braços va posar-li un nom ridícul
se l'endugué a casa seva i va mostrar-lo a la família
però un pare sense escrúpols que l'agafa per l'esquena
i mentre renyava la nena el va tirar per la finestra
però sort que era un gat i tenia set vides
set pisos de caiguda i quedà viu sobre l'acera
rebentat i destrossat però hi ha més vides que l'esperen
hi ha vida hi ha vida

però aconseguí aixecar-se aconseguí caminar
aconseguí creuar la ciutat fins al port
i va va veure el mar i va veure un peix
va acostar-se al moll però va relliscar
i va caure a l'aigua va sentir-se perdut
ho tenia clar moriria ofegat
però sort que era un gat i tenia set vides
era patètic veure com s'enganxava a la vida
xapotejant cap a un barco que es llargava mar endintre
i aconseguí pujar-s'hi mig ofegat mort de pena
va passar tota la infància dintre d'un vaixell de pesca

set mesos després va desembarcar
en una terra estranya apocalíptica i ingrata
les cases mig destruïdes de gent morta o bé matant-se
i un merder de crits histèrics de terrors i focs i nervis
i de cop una bomba li va petar sota els peus
i va sortir volant pels aires despedint-se de la vida
però sort que era un gat i tenia set vides
i en aquell país de merda hi havia guerra hi havia guerra
i on reina la violència t'acribillen per la jeta
el cos ple de metralla que es es moria que es moria
quan va esdevenir un prodigi que ell no hagués esperat mai

una gata preciosa i piadosa el recollí
i amb el temps i unes carícies va curar-li les ferides
i es tirà follant els dies que passà en convalescència
però la gateta ocultava que estimava un altre gat
què dic un gat si allò era un tigre
que ho va descobrir unmal dia va jurar que els mataria
això era un lio de faldilles
però sort que era un gat i tenia set vides
imagineu aquella bèstia una espècie de legionari
reclamant com a venjança lenta mort pels dos amants
la gata quedà morta desgarrada a esgarrapades
i ell de què sino s'escapa perseguit com una rata

van acabar-se els tiros i eren temps de pau
de pau però misèria de penes i gana
i un dia el gat tornà a sentir que el seu cos levitava
que el seu cos desafiava tota llei de gravetat
per les potes l'agafaven i del terra l'aixecaven
i una veu il.lusionada que el mirava i exclamava
yujúúú família avui per dinar tenim gat a la brasa
però sort que era un gat i tenia set vides
va sortir per poter de miracle que no el pesquen
que no acaba com un plat de subsistència
a la postguerra hi ha gana hi ha gana

havien passat set vides però el gatet mai no es moria
la veritat no comprenia la gràcia d'aquesta vida
i ara tan sols s'arrastrava sols errava sols vagava
ara era un vell gatot de merda despreciat per tot el món
que era el pot de les hòsties que és que estava cremat
però hostia puta quina vida més perra que tenia
i per desgràcia era un gat i tenia set vides.

jueves, 7 de junio de 2012

Acerca de uno que no canta

Llevaba unos días con la idea de escribir acerca de Krahe. A raíz del tema este del juicio por una querella que le ha puesto no se qué asociación (podría traer su nombre, pero volver a la hemeroteca sólo para eso se me antoja cansino) de corte, parece ser, conservador y reaccionario. "Católico de más", que llama uno que conozco (mi amigo Jose Luís, que dice el gran Godoy). La querella viene por haber herido la sensibilidad de cierto número de personas durante la emisión en un programa de televisión hace unos años de un video doméstico en el que Krahe intervino de alguna manera (no me queda claro si lo dirigió, lo pergeñó o lo guionó, o las tres a la vez, o ninguna, no lo sé). El video representaba la preparación de una receta donde se cocinaba un Cristo. Un Cristo sí, un crucificado de esos de colgar en la pared. Total, que se le preparaba sobre un lecho de patatas y se le metía en el horno. Tiene gracia que te tienes que preocupar en meterlo en el horno, pero no en sacarle, ya que al tercer día sale sólo. Esto último, como golpe, lo encuentro bastante bien traido.

Total, que me pongo a leer hace días del asunto y, aprovechando la coyuntura, me dejo caer por los comentarios que anónimos interesados van colocando al pie de la noticia. Como me dediqué a leer diarios digitales de varias tendencias, tuve la oportunidad de tener un poquito de todo.


Con el video se puede estar de acuerdo o no (nunca discuto los gustos). Puede herir o no (no discuto las sensibilidades). Pero lo que si discuto es la vagancia. La perrera. La falta de auto exigencia de algunos individuos que retozan en el lodo sonrientes tirando las piedras con los ojos vendados y volviendo a enterrar las manos en el barro después. Me estoy refiriendo a aquellos que aseguran que Javier Krahe "tiene de artista lo que yo de no-se-que", o que "un pico y una pala habria que darle a muchos de estos que viven de lo que todos sudamos", y, bueno, no sigo, ya conocéis los lugares comunes y los tópicos que pueden sucederse. Hasta el infinito no, porque la gente de tópicos es vaga y acaba pronto. Pero, claro, son muchos y al menos para un rato de lectura da. Rato con la décima parte del cual, muchos de estos conocerían de quién están hablando.

No siento la necesidad de articular un discurso en el que demostrar el conocimiento que acompaña a Krahe ni sus aportaciones al imaginario y a la cultura popular de este país. Por eso me centraré en el Krahe personal que tengo en las cintas y los cedeses de la estantería.

Y empezaré por la primera crítica que escuché de él. Me la hizo una buena amiga a la mañana siguiente de grabarle una cinta del bardo. Nos encontramos y le pregunté. Su respuesta me dejó parado y explico el por qué. Me dijo: "No sé, no canta". La sorpresa no me vino por el sentido de la frase en sí, creo recordar haber pensado algo parecido a "Pues claro que no. Krahe no canta. Has escuchado las letras?". Nunca me había parado a pensar, hasta ese día en que mi amiga señaló la razón con un puntiagudo y maleducado dedo, que Javier Krahe lo que hacía en los discos eran canciones. Nunca las tomé por tales. Creo que aún hoy me costaría entenderlas así. Tampoco sé exactamente que son. No me dejaré caer en la cursilería de llamarles poemas porque no me lo parecen. Son unas declamaciones con música de fondo (usualmente con unos arreglos alucinantes). Y con eso de "declamaciones" suelto un improperio y me quedo tan a gusto.

Krahe abre en sus temas un agujero por el que mirar una realidad paralela desquiciadamente cercana al que observa. La manipula, la manosea, la viste y la desviste con la facilidad que hoy día aplicas filtros de color a una foto digital en la pantalla de tu ordenador. Te canta de lo incantable y de lo que ha sido cantado mil veces. Barnizando de vanal un mensaje profundo que aparece en segundas lecturas. Acaparando el legado cultural de lo vivido y haciendo con ello collages (la he buscado en el RAE) donde se encuentran un marinero suizo, los atados huevos de San Cucufato, un maltratador abandonado o una diosa despampanante de pueblo.

Como a Krahe no se le puede bailar fácilmente, nos queda siempre seguirle agotados mentalmente en la, a menudo, larga dialéctica de sus temas. Dejando sin miedo que intente rompernos los esquemas. Ayudándole a veces a conseguirlo. Aprovechando que, de tanto en tanto, se puede hacer con una canción algo más que pasar tres minutos y veinte segundos de evasión. El sabio griego lo tenía claro: aunque duela, hay que reirse de todo.

Ojalá no se exilie a Francia. Ellos ya disfrutaron a Brassens.

Cosas buenas a tod@s.



sábado, 2 de junio de 2012

Del montón... de los buenos.

Soy consciente de que la música de cantautor o te gusta o te disgusta, pero rara vez deja indiferente. Como en el resto de cosas de la vida, la segunda sensación viene, en ocasiones, empujada por el desconocimiento, la falta de interés y, por tanto, el descanso en el cliché fácil y el tópico. Que si por "rojo", que si por esa acepción del nuevo milenio de "perro-flauta", que si por "vago", o, como se prestaba más en los 90, que si por "trasnochado" y "pasado de moda", razones todas que nada tienen que ver con la música sino, en último grado, con el individuo mismo. Pero bueno, si no me gusta el árbol, no me como la fruta.

En los años 70 y 80, por "debajo" de los Serrat, Sabina y Aute, había una capa rica y profusa de cantautores en absoluto desconocidos, aunque sí lejos del éxito comercial y la introducción social de los primeros (a menos a nivel estatal). Hablamos de los Labordeta, Ruibal, Ibañez, Llach, ... y, entre ellos, Camacho, Hilario.

Hilario Camacho antepuso la música al hombre y se dejó escuchar en todas las televisiones de España con sus sintonías televisivas, esas que nadie leemos quien compuso. Desde Tristeza de Amor hasta, no es broma, David el Gnomo.

Cantautor de extrema sensibilidad, impuso en sus composiciones un tempo sostenido, alargado, algo parecido a lo que Jordan conseguía manteniéndose en suspenso en su vuelo espectacular a la canasta. Imprimiendo atmósferas en neblina, de fotos con el sepia del paso del tiempo inscrito, generó algunas de las melodías imperecederas en el imaginario de finales del siglo pasado.

Rara vez salía Hilario de esa fabulación de derrotados del amor y añoradores de los tiempos pasados, de soñadores despiertos e incomprendidos. No es común verle aumentar el ritmo para dibujar trazos gruesos y definidos, como en los comics. Su universo se pliega a la tarde, a la noche, a las calles pobladas que encierran el anonimato y la soledad del individuo.

Por eso el tema que traigo hoy es doblemente interesante. Por una lado puede que algún consumidor ocasional no haya llegado hasta él aún, por otro se presenta como una rara avis dentro de la composición del madrileño, habitual, por diferente, en sus recopilaciones. Se llama Madrid Amanece, y es una canción que cumple con el decálogo completo del tema de cantautor urbano de la primera democracia. Amanecer de una nueva etapa, expectación y lírica de lo cotidiano. El regalo estimado envuelto en papel de estraza. Una canción de las cinco de la mañana. En mi caso, otro himno.
Dos versiones, la original de los 80 y la versión acústica que publicó más tarde, quizás, esta última, más cercana a los cánones actuales.

Cosas buenas a tod@s.



sábado, 7 de abril de 2012

Horas

Involuntariamente los últimos posts del blog podrían hacer pensar al visitante ocasional que ha llegado a un lugar donde todo gira en torno al rock de una forma u otra. No es la pretensión del que escribe. Es cierto que he escuchado más de este tipo de música (en el sentido más amplio de "estilo") que de otras, pero ni ha sido en exclusividad nunca, ni es precisamente la intención para el futuro.

Por eso, hoy, traigo a un musicazo enorme que nada tiene que ver con Willie Dixon, con Marc Bolan o con Gregg Allman. Se trata de Jorge Drexler.

Drexler es un cantautor uruguayo nacido en el 64. Le vi por primera vez en directo en una introducción que le hizo Joaquin Sabina. Como yo era joven, andaba como andaba, y lo que me apetecía era escuchar al de Úbeda, apenas le presté atención. Un descuido imperdonable que da buena fé de mi incapacidad para ganarme la vida buscando talentos en la cosa esta de la música.

No tengo ni la más remota idea de cómo llegó a mis manos el primer álbum de este hombre. Sí sé que me enganchó y me deslumbró. Me esperaba algo en la línea guitarra y voz. La nueva ola noventera de cantautores españoles (Ismael Serrano, Javier Álvarez, Pedro Guerra, Inma Serrano, ...) había traido justamente eso, y torpemente ligué un concepto y otro y di por supuesto lo que no debía. Porque Drexler es, ante todo, un músico exquisito. Su sentido de la melodía, su conocimiento de los instrumentos, su falta total de prejuicios a la hora de incorporar cualquier tecnología a la composición y sus influencias en unos ritmos no tan usuales a este lado del atlántico, hacen de sus trabajos un compendio entendible pero intrincado de notas, de compases y de silencios.

Desde aquel inicio tomé el hilo y fui tirando. Descubriendo más temas. Cada trabajo de Drexler que me encontraba era una caja negra que descifrar. Cada canción una incógnita respecto a la que no sabías por dónde podía tirar. Qué elemento nuevo incorporaría o qué ritmo introduciría para contar aquello que pretendía. Si hay algo que Drexler no es, es presivible.

Le veo más diferenciación con respecto al resto del panorama en lo musical que en lo lírico. No porque sea un mal escritor (ni mucho menos). Tiene en este aspecto un factor que me gusta encontrar, la incorporación de elementos y objetos contemporáneos en su música. En el ambiente anglosajón gente como Bob Dylan ayudó mucho a esto. En el latino no hay que rascarse mucho la cabeza para ver en Sabina un referente excepcional. Cuando hablo de "elementos contemporáneos", me refiero a cosas como la que traigo al blog hoy. Cómo describir la sensación de colgamiento que sucede al flechazo y te lleva completamente imbécil durante el enamoramiento sin recurrir a estanques y patos, a atardeceres y paseos, a noches infinitas en moto ni a ningún lugar común (arqueotipo del romanticismo) sacado de los miles de temas que hay al respecto. Drexler escoge dos ordenadores y los mete en una melodía que es todo menos fría, funcional o programada. Te cuenta su historia, te la crees y, posiblemente, ni te hayas enterado del vehículo que usó para contarla.

Traeremos más de este hombre por aquí. Ésta, por motivos personales, es todo un himno, pero yo, a la gente que tiene un óscar encima de la repisa de la chimenea, les tengo una envidia atroz y una ojeriza terrible. Nos pasa a los que somos pequeños y no damos para esos niveles. Especialmente nos pasa con aquellos que se lo merecen porque se lo han ganado a pulso y, qué cojones, son sencillamente buenos.

Cosas buenas a tod@s.