Me pasa cuando escucho a Machín. Me invade una sensación de comodidad extraña, de orden y de inocencia en lo que me rodea. Como mensajes del pasado exterior que llegan en botellas de vidrios verdes y que describen parejas maduras paseando por aceras de mediodía, escenas costumbristas de talleres de coches con seiscientos en la puerta con el motor a la vista, de tiendas de ultramarinos con el dependiente subido a un taburete ajustándose el lápiz detrás de la oreja, de directores de oficina bancaria palmeando la espalda de un señor con una libreta de ahorro en la mano, de correcto traje los dos, ambos con recortado bigote, sonrisa entreabierta.
Antonio Machín sonaba en casa porque así lo querían los programadores musicales de la radio. Conocí Dos Gardenias antes de saber siquiera que era una gardenia, pero ni falta que hacía la botánica para dejarse enganchar por la melodía.
Años más tarde, en un ejercicio que a Joaquín Sabina se le ocurrió en su Rap del Optimista volví a encontrarme de bruces con el título, en este caso alistado en una sucesión de temas que le hubiera gustado componer al jienense.
Machín nació en Cuba pero después de un cierto periplo acabó instalado en la España de posguerra. Trayendo parte de su familia a Sevilla y siendo a la postre reconocido, con estatua incluída, por la propia ciudad como sevillano de adopción. Tenía una voz con una personalidad indiscutible.
Me gusta saber que su origen no distó tanto del de algunos bluesmen del delta en cuanto a una relación ética compleja con la música. Como a tantos de ellos les ocurrió, también Machín tuvo una influencia paterna negativa hacia lo que consideraba un camino de perdición. La música como excusa de gentes dadas a la nocturnidad y los vicios. Y entonces apareció la iglesia como marco indiscutible donde desarrollarse. Como en las congraciones baptistas de los de Mississippi, el niño Antonio cantaba a la parroquia en la Cuba pre-revolucionaria. La historia da un paso más hacia la profesionalización cuando entra en una primera orquesta en Cuba y definitivamente cuando marcha para comenzar a grabar y girar de forma decidida.
El repertorio de Machín va ligado a dos nombres por encima del resto, la compositora mexicana Consuelo Velázquez y el compositor cubano Oswaldo Farrés. Tendremos ocasión de hablar de ambos más adelante. No hoy. El tema de hoy, posiblemente uno de los tres más reconocidos del artista, lo compuso una cubana llamada Isolina Carrillo, músico reconocido en la isla y autora de temas que allí se hubieran hecho con los puestos más elevados del Billboard 200 de haber existido éste. Con todo Dos Gardenias es, con mucho, su canción más universal y extendida.
De cuando los artistas se presentaban con una orquesta detrás, bolero que lleva por título: Dos Gardenias.
Cosas buenas a tod@s.
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domingo, 28 de octubre de 2012
miércoles, 20 de junio de 2012
Se me olvidó que te olvidé
Hay canciones que asimilamos y fagocitamos como si estuvieran describiéndonos de forma vergonzosa y pública. Sin reconocer ante nada y ante nadie el hecho. Escondiéndolas en la cajita pequeña que queda al fondo bajo la cama, criando polvo. A veces, más tarde, cuando las teníamos casi olvidadas, aparecen. En un transistor traicionero, por culpa de un maldito DJ que sabe más de la cuenta, en la consulta temerosa de un dentista.
De entre ellas algunas son tan conocidas que no es extraño que se nos planten en mitad del camino, como una señal de tráfico parpadeante que te hace girar sin pretenderlo a un pasado en ocasiones no tan lejano.
Hay una parte de ellas que, para acabar de rematarlo, tienen una factura perfecta, tan limpia que la mano no desliza sobre su superficie. Se queda pegada como si no quisiera dejarla, provocando que se trastabille, que salte, como si la aguja no tuviera valor de recorrer el surco contínuo y devolvernos toda la melodía.
Una de ellas, en mi caso, posiblemente en el tuyo también, es la versión que Bebo Valdés y Diego El Cigala hicieron de el Se me olvidó que te olvidé del disco Lágrimas Negras, aquel invento maravilloso que se le pasó por la cabeza a ese tipo de gusto indiscutible que es Fernando Trueba.
Y por fín un bolero en el blog. En este caso con una letra de una compositora mejicana no demasiado conocida por aquí llamada Lolita de la Colina, escribiente de canciones para intérpretes que van de José Luis Rodríguez "El Puma" a Gloria Lasso.
Y se saca Lolita una letra de esas capaces de combinar lo emotivo con lo convencional y dejarlo explicitado en frases como "se me olvidó que te olvidé, a mí, que nada se me olvida". Un hallazgo.
Esta versión que traigo hoy es diferente a la que se escucha en el álbum. Comienza con un tempo más lento, un Cigala que se recrea más en la entonación y un Bebo gustándose y dejándose un poquito más en esa cosa que tan bien se le da de acariciar las teclas. Cajón y bajo. Poco más para sacar a pasear la cabeza durante casi cuatro minutos completos.
Ingredientes que completan otro himno personal. Y van mil.
Cosas buenas a tod@s.
De entre ellas algunas son tan conocidas que no es extraño que se nos planten en mitad del camino, como una señal de tráfico parpadeante que te hace girar sin pretenderlo a un pasado en ocasiones no tan lejano.
Hay una parte de ellas que, para acabar de rematarlo, tienen una factura perfecta, tan limpia que la mano no desliza sobre su superficie. Se queda pegada como si no quisiera dejarla, provocando que se trastabille, que salte, como si la aguja no tuviera valor de recorrer el surco contínuo y devolvernos toda la melodía.
Una de ellas, en mi caso, posiblemente en el tuyo también, es la versión que Bebo Valdés y Diego El Cigala hicieron de el Se me olvidó que te olvidé del disco Lágrimas Negras, aquel invento maravilloso que se le pasó por la cabeza a ese tipo de gusto indiscutible que es Fernando Trueba.
Y por fín un bolero en el blog. En este caso con una letra de una compositora mejicana no demasiado conocida por aquí llamada Lolita de la Colina, escribiente de canciones para intérpretes que van de José Luis Rodríguez "El Puma" a Gloria Lasso.
Y se saca Lolita una letra de esas capaces de combinar lo emotivo con lo convencional y dejarlo explicitado en frases como "se me olvidó que te olvidé, a mí, que nada se me olvida". Un hallazgo.
Esta versión que traigo hoy es diferente a la que se escucha en el álbum. Comienza con un tempo más lento, un Cigala que se recrea más en la entonación y un Bebo gustándose y dejándose un poquito más en esa cosa que tan bien se le da de acariciar las teclas. Cajón y bajo. Poco más para sacar a pasear la cabeza durante casi cuatro minutos completos.
Ingredientes que completan otro himno personal. Y van mil.
Cosas buenas a tod@s.
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